miércoles, 29 de abril de 2009

Historias mínimas


Saladillo, Argentina.

Durante un invierno vivimos en Saladillo. Debía arreglar algunas situaciones y trabajé en el hotel familiar durante unos meses. Ella no quería hacer nada y pasaba mucho tiempo en la cama. Empezó a pedirme cocaína y acepté, como hubiera aceptado cualquier otra cosa. Tenía amantes, y me hablaba de eso. Yo intentaba seguir con la vida de todos los días, pero estaba a la deriva en una marea de sinceridad, celos, apoyo, y cinismo. Por las noches mirábamos películas tomando café, con titas o rodhesias, al envoltorio amarillo y rojo de las titas lo enrollábamos para tomar y con el papel metalizado cerrábamos las bolsas. Algunas noches, no quería ir a casa, me quedaba dando vueltas en auto por un pueblo vacío, a las nueve y media de la noche.

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Arequipa, Perú.

Ella trabajaba en una juguetería, a dos cuadras de la facultad donde estudiábamos. Yo iba a buscarla a la salida, o al mediodía, y tomábamos un helado en el patio de la facultad. Durante todo el primer mes de ese otoño no hubo ni una nube. Ella pedía crema del cielo, o menta, todo el helado entero de un solo gusto y usaba pantalones rosa, con borceguíes, o unas zapatillas blancas con rojo, y por las noches minifaldas. La mayor parte del tiempo la besaba o la escuchaba hablar. Me ponía sobrenombres, cosas que quedaban en mi cabeza durante el resto de los días.


Santiago, Chile


Vivimos en Santiago durante 2 años, su hermana trabajaba en uno de los grandes diarios y la hizo ingresar como fotógrafa, con algunos ahorros en común compramos un 504 bordó. La llevaba a una colina, desde donde de noche se puede ver todo Santiago iluminado, como un valle en acción. A veces ahí fumábamos porro y yo trataba de soportar las ganas de ponerme a llorar, en esa época no sabía bien que hacer. La cancha de Colo-Colo también es como un valle, está construida hacia dentro, un pozo sobre la tierra, como si los chilenos no pudieran expandirse. Pasaba las tardes en un bar con forma de pasillo, una barra y cuatro mesas contra la pared. Las moscas del verano se movían lentas por el aire, pesaban más de lo normal. Tomaba cerveza y compraba los mapas geográficos según Chile, con parte de la Patagonia de su lado de la frontera, y por las noches los pintaba de verde y amarillo.
Con el auto también subíamos por una montaña en cascabel, y en los paradores convertíamos monedas en tiempo para mirar por unos binoculares hacia abajo, el pie de la montaña, la ciudad. Allí arriba solíamos filmarnos dando discursos sobre la personalidad de Santiago y sus escritores, el/su amor por los carabineros y recuerdos de otro lugar.



París, France

Coincidimos en un contingente de la Iglesia durante un tiempo en París. Sus ojos completamente negros tenían una profundidad interminable y siempre brillaban. Usaba el pelo muy corto y pasaba mucho tiempo en silencio. Su cara era perfecta. Ibamos a un bar en el que el precio de la cerveza variaba en base a la demanda y la oferta, y después de haber bebido lo suficiente salíamos "a caminar borachos por París", como nos decía el chico de la barra. El día que subimos, avanzando entre escaleras y pasadizos por los techos, a la cúpula del Sacré – Coeur, desde donde puede verse una París blanca como la cal, escribimos ahí arriba nuestros nombres en la pared: carolina y alejandro. Dos veces caímos en fuentes públicas. La segunda vez no fue por accidente, la empujé y la abracé en el aire, caímos dentro de un rectángulo muy hondo, como una tumba, como una puerta en el medio de la calle.


La Paloma, Uruguay

Radicado en Uruguay por un año, daba clases en colegios secundarios, ganaba escaso dinero y seguía estudiando por las noches. ella trabajaba en un bar de la costa que era todo blanco, con muchas paredes de vidrio, y líneas azules. me gustaba acompañarla hasta ahí al mediodía, sus ojos son verdes y si me miraba contra el sol, parecían hacerse transparentes. nos gustaba tomar whisky, el departamento lo alquilaba ella con su prima, y en la heladera no había nunca nada. yo robaba, no me acuerdo cómo, sopas de espárragos del supermercado chino, y las tomábamos por la noche, las cucharas metálicas raspaban el plato hasta terminar con todo. estábamos muy flacos, y recuerdo que al cojer me dolían sus huesos sobre mi cadera. su departamento también era todo blanco y las calles del barrio de adoquines. la cama estaba en el piso y la ropa terminaba toda abollada en un rincón, en las paredes rebotaba el sonido de las cachetadas en plena cara mientras peleábamos a oscuras entre las sábanas.




Alejandro Jorge (L)

1 comentario:

Anónimo dijo...

que hermoso esto!