lunes, 1 de junio de 2009

Esto corté pegué apreté:


Desde arriba
de los colectivos
lo colores de los carteles que dejo pasar son dulces.
Como el Parque de la Ciudad, olvidado.
Los colores entonces son del viento
y las nubes del celeste, del cielo.
Son telas de araña – alma
como: lo único que le queda al mundo.
como: colores carteles celeste cielo y nubes.
y río. Agua.
Y los secretos debajo de las palabras.
Los árboles riéndose, pasados de cansancio.

El gris de los edificios, proyectado.
Quiere clavarse en el cielo,
a veces es como si estuviera a un paso de
masticarlos
¡Que los mastique! pienso.

del mundo.
Que el cielo mastique todos los edificios
Que los mastique.
puros.
Que les absorba su corrupción y los deje
Que la tire al agua, la anule.

El mundo en el que vivimos tiene autos blan
cos sucios de polvo.
El mundo tiene el vdrio de atrás
lleno de polvo.


Julia Cipriani

miércoles, 20 de mayo de 2009

dos sin nombre

Quiebra la espina dorsal.
Un retrato aburridísimo
de la mujer que había matado.
Matar es un placer para el demonio.
Matar para vivir,
vivir para matar.
Nada demasiado obvio, o sí,
si es que se lo mira
desde una perspectiva más bien homónima.




grasa en el cubo azul, tantas veces vi una mancha de sangre,
también por darle por el lado de las nueces
a la caja. de cajetilla beige y el color rarísimo,
como afuera, el galeno adyacente, otro opúsculo casi en la línea muerta de la luna.
O no tanto, porque el que qué dirá: muchas veces en el punto es breve, y otras tantas,
otras tantas, ¿muere?.



Alex Colman.
(Poemas no reconocidos de autor)

jueves, 14 de mayo de 2009

caballos


¿te acordarás, cuando crezcas, de esta casa? ¿de las santa ritas florecidas en el patio, la perra lisa, tan blanca, y la música que sonaba cerca de las siete? ¿será la sensación, como en bloque, de una piel caliente y suave y unas manchas fucsia, el aire especiado de la vecina de los gatos, esa que dijiste `me parece que está embarazada´?

tu jactancia, la certeza en las decisiones, la calma que me das cuando te acostás, abierta como una ranita, sobre mi panza. y el ritmo de tus bailes encantados, tanto más sutiles que unos giros enloquecidos. era extraño, cuando te llevaba en una sola mano, un peceto, mientras en la otra con las llaves abría la puerta pesada, de vidrio, que algo tan chiquito me diera tanta calma. ¿seguirá esa calma en vos, después de los años, después de esa vez en la que upa...? ¿son los atributos ´tesón´, ´templanza´ aplicables a una niña tan pequeña? quiero crecer hasta hacerme tan pequeña, me enamoré de vos hasta lo prohibido.

por la calle cerviño -ser niño, ciervito, trigo- íbamos caminando un día de marzo con tu padre, yo tenía puesto un sueter rosa con flores, como si supiera. en el bolsillo de atrás de mi pollera de jean, la misma que tengo puesta hoy llena de tajos, llevaba la prueba de que te tenía adentro. vos y yo, te desprendés de mí, insólita, ¿pero de dónde? ¿de dónde saliste? querés ser igual a mí, el pelo largo, los vestidos; quiero ser igual a vos, a vos, a vos. vos y yo, somos tan distintas. masticable de frutilla, panadero, ovejita, cruel, tenés un imán.

una vez te escribí un poema

Lo filoso del mundo se cierra, como una navaja
Que se cierra y no lastima

En la mano, cerrada, suave y firme,
Que no escucha ningún ruido de varón
Después del click de la puerta. Nos sentamos
Juntas, sin sorpresas, sin alarmas,
Estamos seguras y cuidadas por un encanto
Contra las flechas que dispara el mundo, que yo atajo
Son débiles hasta el injurio. Todo blanco, amarillo y quieto
Las margaritas de nuestra vida se deshojan
Florecen, y se deshojan
Cada pétalo que cae hace más, no menos,
Que crezcan fuertes, fuera del alcance del hombre, accesibles
Sólo a quien nos quiere más, más ricas o más pobres.

y después otro poema, y otro, todos sobre caballos. es que tenés algo que ver con ellos. paso, paso, trote, trote, galope, galope, galope... ¿a dónde me llevarás? ¿cuántos corazones rotos en el camino abierto entre el pasto, con las flores azules a la vera que se comen los caballos...? las hadas del mundo revolotean a escondidas cerca tuyo.

manos de viejita, dijo tu hermano mirando la cuna de cristal en la que te colocamos desconcertados. y todos los nombres que te dio te enaltecían como joyas antiguas. naciste con eso, con el poder para hacer que las palabras suenen hermosas cuando uno las oye mientras te mira.


Marina Mariasch

lunes, 4 de mayo de 2009

SALA DE PSICOPATOLOGÍA

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Después de años en Europa
Quiero decir París, Saint-Tropez, Cap
St. Pierre, Provence, Florencia, Siena,
Roma, Capri, Ischia, San Sebastián,
Santillana del Mar, Marbella,
Segovia, Avila, Santiago,
---- y tanto
---- y tanto
---- por no hablar de New York y del West Village con rastros de muchachas estranguladas
---- -quiero que me estrangule un negro –dijo
---- -lo que querés es que te viole –dije (¡oh Sigmund! con vos se acabaron los hombres del mercado matrimonial que frecuenté en las mejores playas de Europa)
y como soy tan inteligente que ya no sirvo para nada,
y como he soñado tanto que ya no soy de este mundo.
aquí estoy, entre las inocentes almas de la sala 18,
persuadiéndome día a día
de que la sala, las almas puras y yo tenemos sentido, tenemos destino,
-una señora originaria del más oscuro barrio de un pueblo que no figura en el mapa dice:
-El doctor me dice que tengo problemas. Yo no sé. Yo tengo algo aquí (se toca las tetas) y unas ganas de llorar que mama mía.
Nietzsche: “Esta noche tendré una madre o dejaré de ser”.
Strindberg: “El sol, madre, el sol”.
P. Éluard: “Hay que pegar a la madre mientras es joven”.
Sí, señora, la madre es un animal carnívoro que ama la vegetación lujuriosa. A la hora que la parió abre las piernas, ignorante del sentido de su posición destinada a dar a luz, a tierra, a fuego, a aire,
pero luego una quiere volver a entrar en esa maldita concha,
después de haber intentado nacerse sola sacando mi cabeza por mi útero
(y como no pude, busco morir y entrar en la pestilente guarida de la oculta ocultadora cuya función es ocultar)
hablo de la concha y hablo de la muerte,
todo es concha, yo he lamido conchas en varios países y sólo sentí orgullo por mi virtuosismo –la mahtma gandhi del lengüeteo, la Einstein de la mineta, la Reich del lengüetazo, la Reik del abrirse camino entre pelos como de rabinos desaseados -¡oh el goce de la roña!
Ustedes, los mediquitos de la 18 son tiernos y hasta besan al leproso, pero
¿se casarían con el leproso?
Un instante de inmersión en lo bajo y en lo oscuro,
sí, de eso son capaces,
pero luego viene la vocecita que acompaña a los jovencitos como ustedes:
-¿Podrías hacer un chiste con todo esto, no?
Y
sí,
aquí en el Pirovano
hay almas que NO SABEN
por qué recibieron la visita de las desgracias.
Pretenden explicaciones lógicas los pobres pobrecitos, quieren que la sala –verdadera pocilga- esté muy limpia, porque la roña les da terror, y el desorden, y la soledad de los días vacíos habitados por antiguos fantasmas emigrantes de las maravillosas e ilícitas pasiones de la infancia.
Oh, he besado tantas pijas para encontrarme de repente en una sala llena de carne de prisión donde las mujeres vienen y van hablando de la mejoría.
Pero
¿qué cosa curar?
Y ¿por dónde empezar a curar?
Es verdad que la psicoterapia en su forma exclusivamente verbal es casi tan bella como el suicidio.
Se habla.
Se amuebla el escenario vacío del silencio.
O, si hay silencio, éste se vuelve mensaje.
-¿Por qué está callada? ¿En qué piensa?
No pienso, al menos no ejecuto lo que llaman pensar. Asisto al inagotable fluir del murmullo. A veces –casi siempre- estoy húmeda. Soy una perra, a pesar de Hegel. Quisiera un tipo con una pija así y cogerme a mí y dármela hasta que acabe viendo curanderos (que sin duda me la chuparán) a fin de que me exorcisen y me procuren una buena frigidez.
Húmeda.
Concha de corazón de la criatura humana,
corazón que es un pequeño bebé inconsolable,
“Como un niño de pecho he acallado mi alma” (Salmo)
Ignoro qué hago en la sala 18 salvo honorarla con mi presencia prestigiosa (si me quisieran un poquito me ayudarían a anularla)
oh no es que quiera coquetear con la muerte
yo quiero solamente poner fin a esta agonía que se vuelve ridícula a fuerza de prolongarse,
(ridículamente te han adornado para este mundo –dice una vida apiadada de mí)
Y
Que te encuentres con vos misma –dijo.
Y yo le dije:
Para reunirme con el migo de conmigo y ser una sola y misma entidad con él tengo que matar al migo para que así se muera el con y, de este modo, anulados los contrarios, la dialéctica supliciante finaliza en la fusión de los contrarios.
El suicidio determina
un cuchillo sin hoja
al que le falta el mango.
Entonces:
adiós sujeto y objeto,
todo se unifica como en otros tiempos, en el jardín de los cuentos para niños lleno de arroyuelos de frescas aguas prenatales,
ese jardín es el centro del mundo, es el lugar de la cita, es el espacio vuelto tiempo y el tiempo vuelto lugar, es el alto momento de la fusión y del encuentro,
fuera del espacio profano en donde el Bien es sinónimo de evolución de sociedades de consumo,
y lejos de enmierdantes simulacros de medir el tiempo mediante relojes, calendarios y demás objetos hostiles,
lejos de las ciudades en las que se compra y se vende (oh, en ese jardín para la niña que fui, la pálida alucinada en los suburbios malsanos por los que erraba del brazo de las sombras: niña, mi querida niña que no has tenido madre -ni padre, es obvio-).
De modo que arrastré mi culo hasta la sala 18,
en la que finjo creer que mi enfermedad de lejanía, de separación de absoluta NO-ALIANZA con Ellos
-Ellos son todos y yo soy yo
finjo, pues, que logro mejorar, finjo creer a estos muchachos de buena voluntad (¡oh, los buenos sentimientos!) me podrán ayudar,
pero a veces –a menudo- los recontraputeo desde mis sombras interiores que estos mediquillos jamás sabrán conocer (la profundidad, cuanto más profunda, más indecible) y los puteo porque evoco a mi amado viejo, el Dr. Pichon R., tan hijo de puta como nunca lo será ninguno de los mediquitos (tan buenos, hélas!) de esta sala,
pero mi viejo se me muere y éstos hablan y, lo peor, éstos tienen cuerpos nuevos, sanos (maldita palabra) en tanto mi viejo agoniza en la miseria por no haber sabido ser una mierda práctico, por haber afrontado el terrible misterio que es la destrucción de un alma, por haber hurgado en lo oculto como un pirata –no poco funesto pues las monedas de oro del inconsciente llevaban carne de ahorcado, y en un recinto lleno de espejos rotos y sal volcada-
viejo remaldito, especie de aborto pestífero de fantasmas sifilíticos, cómo te adoro en tu tortuosidad solamente parecida a la mía,
y cabe decir que siempre desconfié de tu genio (no sos genial; sos un saqueador y un plagiario) y a la vez te confié,
oh, es a vos que mi tesoro fue confiado,
te quiero tanto que mataría a todos estos médicos adolescentes para darte a beber de su sangre y que vos vivas un minuto, un siglo más,
(vos, yo, a quienes la vida no nos merece)

Sala 18
cuando pienso en laborterapia me arrancaría los ojos en una casa en ruinas y me los comería pensando en mis años de escritura continua,
15 ó 20 horas escribiendo sin cesar, aguzada por el demonio de las analogías, tratando de configurar mi atroz materia verbal errante,
porque –oh viejo hermoso Sigmund Freud- la ciencia psicoanalítica se olvidó la llave en algún lado:
abrir se abre
pero ¿cómo cerrar la herida?

El alma sufre sin tregua, sin piedad, y los malos médicos no restañan la herida que supura.
El hombre está herido por una desgarradura que tal vez, o seguramente, le ha causado la vida que nos dan.
“Cambiar la vida” (Marx)
“Cambiar el hombre” (Rimbaud)
Freud:
“La pequeña A. está embellecida por la desobediencia”, (Cartas…)

Freud: poeta trágico. Demasiado enamorado de la poesía clásica. Sin duda muchas claves las extrajo de “los filósofos de la naturaleza”, de los “románticos alemanes” y, sobre todo, de mi amadísimo Lichtenberg, el genial físico y matemático que escribía en su Diario cosas como:
“El le había puesto nombres a sus dos pantuflas”
Algo solo estaba ¿no?
(¡Oh, Lichtenberg, pequeño jorobado, yo te hubiera amado!)
Y a Kierkegaard
Y a Dostoievski
Y sobre todo a Kafka
a quien le pasó lo que a mí, si bien él era púdico y casto
-“¿Qué hice del don del sexo?” –y yo no soy una pajera como no existe otra;
pero le pasó (a Kafka) lo que a mí:
se separó
fue demasiado lejos en la soledad
y supo –tuvo que saber-
que de allí no se vuelve

se alejó –me alejé-
no por desprecio (claro es que nuestro orgullo es infernal)
sino porque una es extranjera
una es de otra parte,
ellos se casan,
procrean,
veranean,
tienen horarios,
no se asustan por la tenebrosa
ambigüedad del lenguaje
(No es lo mismo decir Buenas noches que decir Buenas noches)
El lenguaje
-yo no puedo más,
alma mía, pequeña inexistente,
decidíte;
te las picás o te quedás,
pero no me toques así,
con pavura, con confusión,
o te vas o te las picás,
yo por mi parte, no puedo más.


Alejandra Pizarnik, 1971

A.P. Escribió este poema durante su estadía en el Hospital Pirovano. El texto, tal como se reproduce, está mecanografiado y lleva correcciones hechas a mano por la autora. No se había incluido en la edición de 1982 de sus textos póstumos.
Alejandra muere en Buenos Aires, el 25 de septiembre de 1972.

viernes, 1 de mayo de 2009

EL LAGO + MUERTE DE UN PÁJARO


sin título 1964
Henry Michaux


EL LAGO

Por mucho que se aproximen al lago, los hombres no se volverán por eso ranas o lucios.

Construyen sus viviendas a su alrededor, se meten en el agua constantemente, se vuelven nudistas... No importa. El agua traidora e irrespirable para el hombre, fiel y nutricia para los peces, continuará tratando a los hombres como hombres y a los peces como peces. Y hasta el presente ningún deportista ha podido vanagloriarse de haber sido tratado de un modo diferente.


MUERTE DE UN PÁJARO

Tenía un color magnífico; era un Carpintero,

Le descargué mis perdigones,

Pareció titubear, luego cayó sobre una ancha hoja de palmera.

Lo tomé en mi mano. Era así: oro, negro, rojo.

Lo palpé, le desplegué las alas, lo examiné minuciosa y largamente: Estaba intacto.

Debió morir de una conmoción súbita


Henry Michaux

el ombligo de los limbos

Una sensación de quemadura ácida en los miembros, músculos retorcidos e incendiados, el sentimiento de ser un vidrio frágil, un miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido. Un inconsciente desarreglo al andar, en los gestos, en los movimientos. Una voluntad tendida en perpetuidad para los más simples gestos, la renuncia al gesto simple, una fatiga sorprendente y central, una suerte de fatiga aspirante. Los movimientos a rehacer, una suerte de fatiga mortal, de fatiga espiritual en la más simple tensión muscular, el gesto de tomar, de prenderse inconscientemente a cualquier cosa, sostenida por una voluntad aplicada. Una fatiga de principio del mundo, la sensación de estar cargando el cuerpo, un sentimiento de increíble fragilidad, que se transforma en rompiente dolor (...)


Antonin Artaud, L'ombilic des limbes, 1925

dos cositas geniales

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Siento olor a pollito en el lavadero.
mmm qué rico el pollito
sobre todo cuando se trata de tres
pedacitos multiformes.
me pregunto ¿qué puntita devoraré
primero?
¡la pu(n)tita madre!



por la noche burbujea la sopita en la olla. qué rica la sopita cuando goza de la dulce compañía de coloridas legumbres. juntas la sopita y los colores. témpano de sabores. me sirvo la sopita en cucharón de comedor escolar y ,mientras el rugido acuoso del descenso delata el colme del tazón, yo siento una elocuente inundación salivar en uno de mis huecos más profundos
¿qué hueco!


Celeste Prezioso